7 sep 2002

Colorín colorado


Permaneció sentado unos minutos luego de verla salir del vestidor, se deleitaba con la cadencia de sus contoneos y las risitas a la vez coquetas y nerviosas. Justo cuando ella se ruborizó, se puso de pie y la tomó del talle. Sus besos eran fervientes lo mismo que la forma en que acariciaba sus nalgas, y ella le correspondía acariciando el cuerpo desnudo de él. Sin quitarle la capa hizo de la ropa jirones que cayeron al suelo entre los gemidos de la joven, después le quitó el mínimo sostén y, con extrema lentitud, desató los moños a cada lado de la tanga.

La chica se deja lamer, magrear y morder, al tiempo que aprieta el miembro enhiesto con sus manos o entrelaza sus piernas a las del varón. Al final quedan sólo la caperuza roja, las finas medias de seda y las zapatillas de tacón afilado. De súbito, y con violencia, la muchacha lo arroja sobre un sillón y lo monta, al tiempo que empieza a brincar paroxísticamente. Cuando él eyacula la hembra jariosa se tranquiliza, sorbe las gotas de sudor del rostro de su compañero y se menea a pausas sobre el pene que declina. Apenas se contiene de hacer de este ritual un orgasmo simultáneo, mas sabe que el acuerdo funciona en base a la confianza mutua.

Mañana es su turno, en tanto recuperan el aliento, ella fantasea un disfraz de Robin Hood: botas, mallero, arco y flechas...

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